El fracaso de la boleta única electrónica

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Existe, entre los dominicanos, la superstición de que la tecnología obra milagros. La introducción del voto electrónicoprodujo una fascinación de tanta envergadura, que ni siquiera se estudiaron las experiencias que ya se tenían en otros países, donde ya se había implantado ese voto.

Tampoco se tomaron en cuenta los riesgos para nuestra propia realidad. Se le vendió a todos los representantes políticos y al Pleno de la Junta Central Electoral, la idea de que todo esto era parte de los oropeles del siglo XXI. Cualquier juntaletras, ducho en la informática, podía venderles a los honorables abogados de la Junta, la mula ciega.

Cuando alguien manifestaba reticencias ante este majestuoso juguete era virtualmente apabullado, descalificado con una salva de juicios petulantes. Y, posteriormente, presentado en la picota pública como un fanático del pasado. Incluso los dos principales candidatos de las primarias del Partido de la Liberación Dominicana, el ex Presidente Leonel Fernández y el ex Ministro de Obras Públicas, Gonzalo Castillo, eran, al parecer, partidarios de esta modernización.

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El deslumbramiento mayor procedía entre otras razones porque un grupo de técnicos dominicanos concibió un programa que superaría, según se decía, los errores de aquellos países que tras haber implantado por varios lustros esta modalidad de votación, la rechazaban constitucionalmente por considerarla insegura, inadecuada y mendaz. Me refiero a Holanda, Alemania, Suecia entre otros. Algunos ilusos llegaron a pensar, que el software concebido por los dominicanos podría implantarse en otros países. Con ello, quedaría registrada nuestra deslumbrante contribución a la informática.

Era tal la arrogancia de los promotores que ninguno de los centros de pensamiento del país—Ni Participación Ciudadana, ni las asociaciones profesionales y empesariales, ni Funglode, ni las universidades– se atrevieron a organizar un debate abierto con expertos reconocidos sobre el voto electrónico.

Solo se escuchó el campanazo de las empresas que vendían esta maravilla. Una broma que le costó al país tres mil millones de pesos, que no es paja de coco.

Examinemos la experiencia de otros países, que pudieran ilustrar las menudencias de las elecciones primarias abiertas del PLD el 6 de octubre, que dan cuenta del primer ensayo del voto electrónico en el país.

Cuando se presentó ante el público de dirigentes políticos y periodistas el asombroso invento quedó fehacientemente demostrado que el sistema no podía ser atacado por los piratas o hackers desde el exterior.

Porque nunca estaría en red. Porque, además, la transmisión de la data se haría por un canal interno, encriptado, imposible de penetrar. Nos hallábamos, a buen recaudo, de las amenazas externas.

¿Era eso verdad? El túnel de seguridad dependía de la honestidad, de la honradez y de la resistencia al soborno de siete mil personas, que tenían en sus bolsillos los pen drive con el programa con que se iniciaban cada una de las siete mil máquinas empleadas en los comicios. Depender de la buena fe y de la valentía de tantas personas no es síntoma de seguridad.

Supongamos que esas siete mil personas resistieron a las tentaciones. Cabe preguntarse: ¿Quién nos protegía entonces de las amenazas internas? He echado mano de la experiencia de Argentina, que tiene, al parecer, un nivel educativo y tecnológico superior al dominicano, y cuyos expertos, recogieron en el Informe del CONICET( Argentina, 2017) los riesgos que plantea la boleta electrónica única que se ha implantado en el sistema electoral dominicano.

¿A cuáles conclusiones llegaron los expertos argentinos, tras haber utilizado la boleta única electrónica y tras haber examinado otras experiencias?

El sistema del voto electrónico no preserva el secreto del voto. Es lo que ha ocurrido en Brasil, en Holanda y en Alemania. Estos dos países últimos, tras haber implantado por veinte años el sistema del voto electrónico; los han prohibido constitucionalmente y han vuelto a la boleta de papel.

En Venezuela, el dictador Maduro se jacta en público de conocer la identidad de cada votante. El voto electrónico, registrado en una computadora, ni es secreto, ni es único, ni es verificable.

El sistema puede desconocer la voluntad del votante. Entre los holandeses y los alemanes se demostraron las vulnerabilidades de un sistema completamente electrónico. La facilidad para alterar el comportamiento del sistema, permitiendo modificar el escrutinio, hacer que la computadora ejecute cualquier código, introduciendo algoritmos etc quedó menudamente expuesta.

No olvidemos que, en el caso dominicano, el voto se emite en una computadora. Se almacena en la computadora. Se cuenta en una computadora y se transmite por una computadora. La única prueba externa que se tiene, es la impresión del voto. Una tirilla con los nombres seleccionados. Ningún informático, ni siquiera Bill Gates, puede garantizar que las máquinas hagan las cosas que dicen.

Es el único testimonio del voto real. Pero cabe preguntarse, ¿cuántos votantes verificaron antes de echar el voto en la urna, que la impresión compaginaba con su voto? Los abogados no están cualificados para discutir de informática, el único documento legal, y sobre el cual se expresa la voluntad popular es un papelillo de tinta endeble y, a veces ilegible.

Ante la pantalla se demuestra que el voto, y ya ha ocurrido en esta elección de primarias, puede ser alterado; que el acta, es decir, el conteo que realiza la máquina tras haber concluido también puede ser alterada; que, en la transmisión también pueden producirse alteraciones; que puede, incluso haber divergencias, entre el acta que se genere y los datos que se envían al servidor central. La boleta única electrónica resulta vulnerable en todas las facetas del voto.

En la emisión del voto se puede trastocar la decisión del votante. El sistema es tan vulnerable que, en Venezuela, tras la impresión del voto, se exige que el sufragante lo pase por un lector, que demuestre que se halla de acuerdo con la papeleta impresa..

En el escrutinio de la mesa, porque se puede alterar el acta que se imprime para los delegados.En la impresión de los documentos, porque tanto el voto como el sufragio del colegio puede modificarse.

En la comunicación de los resultados. Porque, en ese conteo final, pueden introducirse algoritmos, infiltraciones, que cambien o alteren el comportamiento del código fuente del programa. Las primarias han sido un ensayo de lo que podría producirse en las elecciones del 2020, si se mantiene esta modalidad de voto.

Una gran proporción de ciudadanos, unas 62.000 personas, marcaron la opción ninguno o no votar. El comportamiento del escrutinio final tuvo cuatro fases contradictorias. Primero comenzó ganando Castillo con 6% por encima de Leonel Fernández; luego se produjo un empate, y la bancada de Fernández comenzó a batir palmas. Leonel se colocó con una precaria ventaja de un 2%, y se mantuvo en la avanzadilla hasta que se había llegado a un 80% del escrutinio. En el 20% restante no volvió a ganar en un solo colegio electoral. Entró definitivamente en barrena, y quedó oficialmente derrotado. Nunca, en ningún escrutinio se ha verificado un comportamiento semejante.

Ante tantas incertidumbres y temores, cabe preguntarse, ¿cuáles razones llevaron a la Junta Central Electoral a adoptar esta modalidad de voto, sin tomar en cuenta la experiencia extranjera? Se adujo que ahorraría unas horas. Sin embargo, en Colombia, en la última elección se han contado los votos de papel en muy breve tiempo.

Corea del Sur uno de los dragones mundiales de la informática se cuentan las papeletas porque resulta más segura. En realidad, los riesgos de este sistema podrían conducirnos, tal como ha acaecido ya en Venezuela, a un secuestro de la democracia. La soberanía nacional saldría de la caja negra de una computadora. En el porvenir deberíamos abandonar esta mala idea.

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