Kiev, RD Herald. – Durante varios días Juan Carlos Ávila Espaillat había convertido una de las guerras más peligrosas del planeta casi en una transmisión dominicana por redes sociales.
Aparecía con uniforme.
Mostraba armas.
Bromeaba con sus compañeros.
Contaba operaciones.
Hablaba frente al teléfono con la naturalidad de quien envía un video desde cualquier lugar del mundo y repetía una frase dirigida a su hermano que comenzó a hacerse familiar entre quienes seguían sus publicaciones:
“Dime, Carlitos”.
Entonces, repentinamente, Juan Carlos desapareció de las redes.
Y comenzaron los rumores.
“JUAN CARLOS ESTÁ BIEN”
El último contenido localizado directamente en la cuenta de Ávila databa del 13 de septiembre. Su ausencia llamó particularmente la atención porque durante los días anteriores había publicado con frecuencia desde el entorno militar en el que aseguraba encontrarse.
En redes comenzaron a circular especulaciones sobre su suerte, incluyendo versiones no confirmadas de que habría muerto.
Fue entonces cuando apareció Carlitos.
El hermano del dominicano difundió un video para tranquilizar a quienes preguntaban por él.
“Él está bien, gracias a Dios”.
Según explicó, Juan Carlos se encuentra en un lugar donde no está permitido utilizar teléfonos celulares, porque un dispositivo podría revelar la posición de quienes participan en la operación y facilitar información al adversario.
Por tanto, hasta la información disponible al cierre de esta entrega, no existe confirmación de que Juan Carlos haya muerto. La información pública de su familia sostiene exactamente lo contrario.
Pero la explicación de Carlitos permite comprender algo mucho más grande.
Aquello que para miles de seguidores era entretenimiento, curiosidad o contenido viral constituye en el campo de batalla un posible problema de seguridad.
UN VIDEO PUEDE REVELAR DÓNDE ESTÁS
La guerra de Ucrania probablemente sea el conflicto convencional más observado electrónicamente de la historia.
Drones, satélites, cámaras térmicas, radares, inteligencia artificial, señales de radio y comunicaciones digitales funcionan simultáneamente sobre el campo de batalla.
Un teléfono no es solamente un teléfono.
Puede generar información sobre su ubicación.
Una fotografía puede contener pistas.
Un árbol, una carretera, un edificio, una posición del sol o una estructura situada al fondo de una grabación pueden contribuir, combinados con otras fuentes, a determinar dónde se encuentra una unidad.
Un especialista dominicano advirtió precisamente esta semana que la publicación frecuente de imágenes desde el frente podría exponer tanto a Ávila como a otros soldados próximos a él, debido a la posibilidad de combinar información visual, señales de dispositivos y otras fuentes de inteligencia.
Ahora se comprende mejor por qué Juan Carlos puede pasar días o semanas sin decir:
“Dime, Carlitos”.
LA GUERRA QUE NO SE PARECE A LAS GUERRAS LATINOAMERICANAS
Muchos latinoamericanos llegan con experiencia militar.
Especialmente los colombianos.
Décadas de conflicto interno convirtieron a Colombia en un país con miles de antiguos militares entrenados y algunos con experiencia real de combate.
Eso tiene valor en Ucrania.
Pero existe un problema:
Ucrania no es Colombia.
Un veterano puede saber disparar, desplazarse tácticamente, organizar una patrulla o reaccionar ante una emboscada.
Nada de eso elimina una de las amenazas más temidas del frente moderno:
los drones.
Pequeños aparatos FPV relativamente económicos pueden localizar soldados, seguir vehículos, entrar en posiciones y transportar explosivos.
El combatiente puede escuchar el aparato acercándose sin siquiera saber desde dónde está siendo operado.
Y quien controla ese dron podría encontrarse a kilómetros de distancia.
PUEDES MORIR SIN VER AL ENEMIGO
Esta realidad modifica completamente el concepto tradicional de experiencia militar.
Durante décadas, buena parte del entrenamiento latinoamericano estuvo dirigido a operaciones contra insurgencias, narcotráfico, guerrillas o grupos armados irregulares.
Ucrania combina trincheras que recuerdan las guerras del siglo XX con tecnologías del siglo XXI.
Artillería.
Drones.
Minas.
Misiles.
Sensores térmicos.
Guerra electrónica.
Bombas guiadas.
Vigilancia aérea prácticamente permanente.
La experiencia previa ayuda.
Pero no inmuniza a nadie.
Un veterano puede haber sobrevivido años en otro conflicto y morir en Ucrania por un pequeño aparato que nunca vio venir.
¿CUÁNTO DINERO VALE ESE RIESGO?
Aquí aparece uno de los grandes motores del fenómeno.
El dinero.
Las cantidades varían enormemente según el país, contrato, función, unidad, bonos y tiempo realmente pasado en combate.
Por eso resulta irresponsable hablar de un único “salario del mercenario”.
Pero las ofertas que circulan entre potenciales reclutas latinoamericanos pueden representar varias veces los ingresos que esas mismas personas obtendrían en sus países de origen.
Para un antiguo soldado sin grandes oportunidades laborales después de abandonar las Fuerzas Armadas, la propuesta puede parecer extraordinaria.
La ecuación parece sencilla:
arriesgar la vida durante un período relativamente corto a cambio de conseguir un dinero que podría tomar años acumular en casa.
El problema es que la guerra no garantiza que exista regreso.
LA VIDA REAL NO ES EL VIDEO DE INSTAGRAM
Las redes muestran determinados momentos.
El combatiente sonriendo.
El fusil.
Los compañeros.
La comida.
Una broma.
Una caminata.
Pero entre una publicación y la siguiente existe una vida que el público raramente observa.
Dormir donde sea posible.
Frío.
Barro.
Horas esperando.
Ruido de artillería.
Miedo.
Cansancio.
Falta de sueño.
Heridos.
Compañeros que desaparecen.
Y períodos en los que utilizar un teléfono está simplemente prohibido.
El propio caso de Juan Carlos acaba de mostrar esa diferencia.
Durante días sus seguidores estuvieron acostumbrados a verlo constantemente.
Cuando desapareció, algunos asumieron inmediatamente lo peor.
Para su familia, aquello no era una curiosidad de Instagram.
Era la posibilidad real de haber perdido a un hijo, hermano, esposo y padre.
CUANDO EL COMBATIENTE MUERE, COMIENZA OTRA GUERRA PARA LA FAMILIA
La muerte en un conflicto extranjero crea problemas que pocas familias imaginan cuando alguien firma un contrato.
¿Dónde está el cadáver?
¿Quién confirma oficialmente la muerte?
¿Quién paga la repatriación?
¿Existe seguro?
¿Hay compensación?
¿Quién demuestra que el combatiente murió durante una operación?
¿Y qué sucede cuando simplemente desaparece?
Colombia ya está enfrentándose institucionalmente a ese drama.
Su Cancillería informó el 5 de septiembre que registraba 863 solicitudes de asistencia consular relacionadas con ciudadanos colombianos en Ucrania y 890 relacionadas con Rusia.
Es importante aclararlo: esas cifras no representan 1,753 soldados. Son solicitudes consulares de diferentes tipos.
Incluyen ciudadanos fallecidos, restos pendientes de repatriación, personas desaparecidas, detenidos y otras situaciones relacionadas con el conflicto.
La magnitud ha llevado al Gobierno colombiano a solicitar formalmente tanto a Rusia como a Ucrania que cesen la incorporación de colombianos a sus fuerzas armadas.
UNA DENUNCIA CAMBIA AHORA LA DIMENSIÓN DOMINICANA
Juan Carlos podría no ser el único.
El diputado dominicano Carlos De Pérez denunció el jueves que al menos diez jóvenes dominicanos habrían sido llevados a Rusia después de recibir supuestas ofertas de trabajos ordinarios.
Según el legislador, se les habría ofrecido empleo como cocineros, soldadores o mecánicos y, una vez en Rusia, habrían sido despojados de sus pasaportes y preparados para ser enviados al frente.
De Pérez dijo poseer información sobre casos procedentes de La Romana, San Cristóbal y Haina, incluyendo datos de boletos aéreos y de la ciudad rusa donde se encontraría al menos uno de ellos.
La denuncia es seria.
Pero también requiere una precisión:
RD Herald no ha podido verificar independientemente que esos diez dominicanos hayan sido reclutados de esa manera, y hasta el momento la información procede de las declaraciones del legislador.
De Pérez, además, afirmó expresamente que esos casos serían distintos al de Juan Carlos Ávila Espaillat.
Eso abre una nueva línea de investigación para República Dominicana.
LATINOAMERICANOS CONTRA LATINOAMERICANOS
Y llegamos finalmente a una de las consecuencias más extrañas de esta guerra.
Hay latinoamericanos del lado ruso.
Y latinoamericanos del lado ucraniano.
Eso significa que existe la posibilidad de que dos hombres nacidos a miles de kilómetros de Europa, que hablan el mismo idioma y quizá hayan viajado por razones económicas semejantes, terminen enfrentados en lados opuestos de una trinchera.
Un colombiano puede combatir por Ucrania.
Otro colombiano puede estar del lado ruso.
Un cubano puede vestir uniforme ruso.
Otro latinoamericano puede operar un dron ucraniano.
Y ahora sabemos que al menos un dominicano documentado públicamente aparece vinculado mediante contrato con las Fuerzas Armadas rusas. El documento atribuido al Ministerio de Defensa ruso está fechado 16 de agosto de 2026.
La nacionalidad desaparece momentáneamente detrás del uniforme.
JUAN CARLOS Y CAMILO: DOS LATINOS EN LA MISMA GUERRA
En los videos de Juan Carlos aparece otro elemento simbólico.
Un colombiano identificado como Camilo Vargas.
Ambos fueron vistos juntos en grabaciones difundidas desde el entorno militar ruso. En una de ellas hablaban de esperar autorización para realizar lo que describieron como un “asalto de trinchera”. Las operaciones relatadas en esos videos no han podido ser verificadas independientemente.
La imagen de un dominicano y un colombiano juntos en una guerra europea resume perfectamente el fenómeno.
Pero también plantea una pregunta inquietante:
¿Quién podría estar al otro lado?
Tal vez otro latinoamericano.
NO TODOS SON “MERCENARIOS”
Hay otra precisión necesaria.
Aunque popularmente se utiliza esa palabra, combatiente extranjero y mercenario no son jurídicamente sinónimos.
El derecho internacional establece varios requisitos acumulativos para considerar legalmente mercenaria a una persona.
Un extranjero formalmente incorporado a las fuerzas armadas de un Estado puede tener un estatuto distinto.
Por eso RD Herald utiliza en esta investigación principalmente las expresiones combatientes extranjeros, soldados extranjeros o extranjeros contratados, salvo cuando exista fundamento específico para emplear la categoría jurídica de mercenario.
El caso de Juan Carlos, por ejemplo, está asociado públicamente a un documento que señala que superó un proceso para prestar servicio militar bajo contrato en las Fuerzas Armadas rusas.
¿POR QUÉ SIGUEN LLEGANDO?
Porque las dos partes necesitan personal.
Porque una guerra prolongada consume hombres.
Porque existen latinoamericanos con entrenamiento militar.
Porque otros necesitan dinero.
Porque las diferencias salariales entre Europa y América Latina pueden ser enormes.
Porque las redes sociales han reducido las distancias.
Y porque, para alguien sentado frente a una pantalla en Santo Domingo, Bogotá, La Habana o São Paulo, una oferta de miles de dólares puede parecer muy diferente a lo que realmente significa estar dentro de una trinchera.
Solo después aparecen el barro, los drones y la artillería.
“DIME, CARLITOS”
La historia vuelve entonces a Higüey.
Allí hay una familia esperando.
Juan Carlos Ávila Espaillat tiene 28 años. Antes de Rusia había trabajado en seguridad y hoteles de Bávaro. Su familia contó que inicialmente entendió que viajaría buscando una oportunidad laboral; posteriormente conoció su vinculación contractual con las Fuerzas Armadas rusas.
Durante días, miles de dominicanos pudieron observar fragmentos de su experiencia a través de una pantalla.
Después la pantalla quedó en silencio.
Y comenzaron los rumores.
Su hermano tuvo que aparecer para decir que Juan Carlos seguía vivo y explicar que el silencio tenía una razón: donde se encuentra, según su relato, utilizar el teléfono podría poner en peligro su ubicación.
Quizás esa sea la mejor manera de comprender la diferencia entre observar esta guerra y vivirla.
Para quienes estamos lejos, tres días sin Instagram pueden parecer extraños.
Para un hombre dentro de una operación militar, apagar el teléfono puede ser precisamente una manera de mantenerse con vida.
Y en algún momento, si las circunstancias lo permiten, probablemente volverá a encenderlo.
Entonces, desde algún lugar que no debería revelar, quizás los dominicanos vuelvan a escuchar aquella frase que hizo familiares sus videos:
“Dime, Carlitos”.
RD HERALD | INVESTIGACIÓN ESPECIAL
Capítulo 2 — Sábado 19 de septiembre de 2026 | 12:01 a. m.
FIN DE LA SERIE: “LATINOAMERICANOS EN LA GUERRA DE UCRANIA”


